Es común que veamos con ojos de normalidad que sillas, sofás, sillones y mobiliario en general se deterioren ante la presencia continua de los niños.
En casa de la abuela era asÃ, aun cuando todo el tiempo se escuchaba en todos los tonos –a manera de súplica o con evidente enojo- que no subieran los pies, que no llevaran comida a la sala, que tuvieran cuidado con las golosinas; habÃa un gesto de resignación.
Llegó el momento de cambiar el mobiliario, pues en palabras de la abuela ya daba pena. Quizá la pena era de ver reflejado en esos muebles maltratados su poco poder o autoridad. Fue asà que estrenamos muebles de sala y sillas en el comedor. Asà como una nueva estrategia; las amenazas. De esas donde las consecuencias al acto que se pretende evitar no se dicen o quedan nada claras. ¡Ahora sÃ, ya verás si vuelves a subir los pies!, por ejemplo.
No pasaron ni dos semanas cuando descubrimos que en esta ocasión si hubo consecuencia. Y sÃ, la vieron los niños y la vimos todos.
La costosa sala, las telas nuevas, el armónico decorado, se cubrieron de fundas blancas.
La abuela se siente a gusto. Ha salvado sus muebles y ya no siente más pena.
Los niños también están a gusto, los regaños y amenazas han disminuido –puesto que nunca van a desaparecer-, además de que no han tenido que cambiar en nada.
Yo veo otra cosa. Veo una casa llena de fundas blancas, y con ellas veo la carencia de habilidades para negociar, la ausencia de lÃmites y por supuesto una absoluta falta de respeto hacia uno mismo.
Es entendible y hasta lógico que no podamos sobreponernos a nuestra falta de habilidades y por tanto encontrarnos resolviendo las situaciones con soluciones económicas, en lugar de tratar de desarrollarlas.
Por soluciones económicas me refiero a escatimar en esfuerzo, comunicación y búsqueda.
Pero hay otros costos de los que me interesa que estemos conscientes. Por supuesto el monetario, que en este caso no es nada pequeño si a la compra de los muebles además agregamos el costo de las fundas.
Me refiero también a los costos de formación y aprendizaje, pues yo siempre pienso en ellos, los niños. ¿Qué les estamos enseñando? No equivoquemos el mensaje. Seguramente nosotros no queremos decir eso; no queremos que nuestros hijos sucumban ante la falta de habilidades. ¿Tendremos derecho después de criticar su docilidad, falta de empoderamiento y baja autoestima?
Y no es que estemos obligados a encontrar soluciones infalibles, pero sà a transmitirles a ellos la consigna de buscarlas, de promover el desarrollo de habilidades y ante todo a respetarnos indefectiblemente.
Para mà el mayor costo es condenar a nuestros hijos a ponerle fundas a sus problemas en el futuro.
Mister Wong
